Las Piramides de Egipto

En el 2640 a.C., el faraón de la cuarta dinastía llamado Keops ordenó la erección de una tumba tan alta y majestuosa que ocultara la luz del sol. Cien mil esclavos negros, hebreos y barbariscos fueron utilizados en la obra a lo largo de veinte años.

Fue necesario utilizar dos millones trescientos mil bloques calcáreos de dos toneladas y media de peso cada uno, que fueron colocados uno sobre otro hasta alcanzar los 147 metros de altura.

Durante los veinte años que duraron las obras, Egipto sufrió privaciones y miserias, se impuso el pago de fuertes impuestos y la reducción de las ceremonias religiosas. Incluso se ordenó a los hombres libres ayudar a los esclavos. Muchos esclavos murieron por las fatigas y el trato de los guardianes, y el resto fue sacrificado una vez terminado el trabajo para evitar que los ladrones de tumbas tuvieran más fácil descubrir la entrada a la pirámide. La erosión del viento a lo largo de estos cuatro mil seiscientos años ha reducido su altura en casi diez metros.

Estamos ante la pirámide. Sus dimensiones son impresionantes: 146.59 m de altura, 230 m de ancho. Tras subir un poco por su parte lateral, penetramos en su interior. A la fluctuante luz de las antorchas vamos descubriendo las paredes, perfectamente lisas, como corresponde a la sepultura de una encarnación del dios Ra. Tras depositar el sarcófago en la cámara sepulcral, el corredor será cegado y disimulado, para evitar robos. La pirámide contiene asimismo una falsa cámara sepulcral.

A pesar de todas estas precauciones, son pocas las tumbas egipcias que permanecerán intactas hasta la llegada de los arqueólogos. Los ladrones de tumbas irán saqueando con el paso del tiempo la mayoría de las pirámides y sepulcros. Cuando el arqueólogo Flinders Petrie entre en las tumbas reales de Abydos, unas de las más antiguas de Egipto, sólo podrá encontrar un brazo de la momia de una reina. De las tres grandes pirámides, sólo la más pequeña, la de Micerinos, permanecerá intacta.

Una controversia famosa relacionada con las pirámides es la relación entre el doble de la longitud de su lado y su altura: el número “pi”. ¿Porqué tomarían tantas molestias los antiguos egipcios para conseguir que sus construcciones mantuvieran una relación matemática tan precisa? Personalmente prefiero pensar que lo hicieron porque era la forma más segura de conseguir que la inclinación de las pirámides fuera uniforme, y de que éstas serían perfectamente regulares. En efecto, si pensamos que probablemente se servían de ruedas de madera para medir longitudes de forma fácil y exacta, veremos que con una de éstas ruedas, hecha de la misma altura que los bloques de piedra, se comprobaba la inclinación rápidamente: cada nueva hilera de piedras debía medir media vuelta menos. De esta forma sale, automáticamente, la relación de Pi entre el doble del lado y la altura de la pirámide. Suena lógico, ¿verdad? Pero ello no implica necesariamente que los antiguos egipcios conocieran el número Pi; después de todo, éste sale automáticamente debido a que se realizaron las medidas basándose en ruedas.

La más pequeña de las tres pirámides de Gizeh multiplica varias veces el peso de la mayor de las construcciones modernas; y es que los aparejadores de nuestros días se las verían y se las compondrían para enfrentarse con esos enormes bloques de piedra, difíciles de manejar hasta para las más potentes grúas. Cuando pensamos en que los antiguos egipcios carecían de máquinas, que movían las enormes piedras sólo con el esfuerzo físico de cuadrillas de docenas de trabajadores, nos parece un milagro. De hecho, ni siquiera los propios egipcios fueron capaces de superarlo: continuarían construyendo pirámides durante siglos y siglos, sin llegar a igualar el esplendor de las pirámides de Gizeh, que sorprendentemente, fueron de las primeras que se construyeron. Como corolario, citaré dos testimonios célebres: el de Abd-ul-Latif, que dijo “Todas las cosas temen el tiempo, pero el tiempo tiene miedo a las pirámides”; y el de Napoleón, que comandó una expedición a Egipto cuando era Primer Cónsul, y pronunció las conocidas palabras “Desde lo alto de estas pirámides, veinte siglos nos contemplan”.

Pero aún nos queda una visita que realizar en la llanura de Gizeh: la de la Esfinge. Esta escultura, que representa a un león con rostro humano (se cree que representa al faraón Khafra; al menos, viste sobre la cabeza el típico klaft, manto que llevaban los faraones) es contemporánea de las pirámides, mide 70 metros de longitud y 20 de altura. Para construirla, aprovecharon un montículo de caliza en la llanura, que labraron y completaron con bloques de piedra. Cuando ya contaba con mil años de edad, el faraón Tuthmosis IV hizo esculpir entre sus patas una escena representando un sueño, en el cual la esfinge le daba el trono en recompensa por haberla salvado de morir sepultada bajo la arena del desierto. Otros mil y pico años más tarde, en la época romana, se excavó un santuario en el seno de la esfinge. Y cuando la esfinge ya superaba los cuatro mil años, estas modificaciones posteriores pasaron a ser destructivas en vez de constructivas: los iconoclastas primero, y los mamelucos después, mutilaron el monumento, dañando sus ojos y arrancándole su nariz. Vemos aquí un primer ejemplo, aunque desgraciadamente no el último, que demuestra que entre las capacidades del hombre se encuentra no sólo el construir maravillas, sino también el destruirlas.